sábado, 5 de julio de 2008

La historia del invierno


Cuando hablamos del espíritu a veces nos olvidamos de la tierra, pues no tenemos presente que el suelo y el polvo también constituyen nuestra alma. El sentimiento melancólico y la alegría de los cambios en el clima no son simplemente estaciones, períodos del tiempo o simplemente un calendario colorido en la pared. Si viéramos así de rutinarias las cosas, el verano y el invierno serían solamente calor y frío, y no se constituirían en ninguna ceremonia dentro de nosotros. El ser indiferentes a los cambios del clima es una de las formas más seguras de perder el mundo.
Es por ello que debemos volver a ser fieles a los sentidos, a percibir toda la intimidad de la neblina y el frío. Me remito a un hecho de gran importancia: una taza de café, que es uno de los grandes milagros que trae el invierno. El café o una manzanilla frente al televisor, a la Internet o a cualquier material de lectura cobran toda la magnificencia del pensamiento sensorial. Pocas veces nos hemos puesto a pensar en el impacto que tiene la lluvia y la ciudad húmeda en nuestro espíritu. Un cuento, una historia de los abuelos en una tarde invernal, con neblina frente a la ventana, nos brindará una sabiduría imposible de obtenerla en otra estación.

Desde el medio día

Por aquella puerta, donde habitan los fantasmas, crecemos, con un saber en la espalda, para vivir despacio, muriendo como siempre en no más ...