Cuando hablamos del espíritu a veces nos olvidamos de la tierra, pues no tenemos presente que el suelo y el polvo también constituyen nuestra alma. El sentimiento melancólico y la alegría de los cambios en el clima no son simplemente estaciones, períodos del tiempo o simplemente un calendario colorido en la pared.
Es por ello que debemos volver a ser fieles a los sentidos, a percibir toda la intimidad de la neblina y el frío. Me remito a un hecho de gran importancia: una taza de café, que es uno de los grandes milagros que trae el invierno. El café o una manzanilla frente al televisor, a la Internet o a cualquier material de lectura cobran toda la magnificencia del pensamiento sensorial. Pocas veces nos hemos puesto a pensar en el impacto que tiene la lluvia y la ciudad húmeda en nuestro espíritu. Un cuento, una historia de los abuelos en una tarde invernal, con neblina frente a la ventana, nos brindará una sabiduría imposible de obtenerla en otra estación.