donde habitan los fantasmas, crecemos,
con un saber en la espalda,
para vivir despacio,
muriendo como siempre en no más de una vida,
mordiendo camino, a veces,
pero siempre con noche y con sueño.
Cuando empecé temprano,
aquella vez,
perdía el cuerpo a diario, sin medir los días.
Yo lo vi desde esos años tempranos, pero no de cerca, miraba a este presente.
Al cuerpo todos escuchan hoy,
pero este polvo es un viento del destino,
una palabra que buscará las delicias de la sombra.
Nos callaremos de nuevo sobre la piedra,
en historias con relojes muertos,
no lo entendamos ahora porque hay demasiado sol sobre el día
y nos ocupan otras cosas.
Después construiremos arena a arena la sombra,
minuto a minuto, el principio.