¿Para qué estudiar y para qué enseñar? Pues, si queremos darle un lugar a la educación podríamos decir que hacemos eso para que los sentidos alcancen un frugal deleite en los estímulos de la naturaleza. Los sentidos tienen que ser ayudados, ya sea que los eduque el intelecto o los potencie la técnica. De hecho, desde hace unas semanas ya no encuentro demasiada oposición entre naturaleza y civilización. En nuestro camino a diario surgen mundos que luego terminan para siempre sin que los hayamos visto ni pensado. Todos sabemos que la realidad tiene sus recovecos donde se esconden medidas, tamaños, formas, colores, aromas sin que nuestros incultos sentidos los atrapen. Acabo de leer un comentario de uno de los grandes maestros del siglo pasado, Walter Benjamin, el comentario se titula: Algo nuevo acerca de las flores. El texto fue publicado a finales de la década del 20, en el contexto de la crisis del 29.
Al comentar las fotografías de Karl Blossfeldt, Benjamin dice que hay un tipo de saber que hace enmudecer al que lo detenta, por ello sería respetable el silencio del investigador que sólo muestra sus grandiosas imágenes construidas a golpe de cámara. En realidad, si una cosa aumenta su tamaño cincuenta veces inmediatamente brota una abundancia de mundos visuales todos ellos muy nuevos. Lo curioso es que la novísima tecnología de los tiempos del filósofo hace mucho que pasó a la obsolescencia. Ahora existen medios tecnológicos que potencian los sentidos miles de veces, hasta hacen pisar los talones a muchos misterios de la naturaleza que antes se esfumaban de las manos. Todo ello nos avisa algo nuevo de la realidad en la que andamos todos los días. El punto estaría en el arte de dominar el lenguaje de esta fiesta, de los sueños de la alquimia por los elementos. Verdaderamente, el cuerpo no fue un error lógico en la mente divina, tampoco la razón ni el concepto.