sábado, 19 de diciembre de 2009

Desde el medio día

Por aquella puerta,
donde habitan los fantasmas, crecemos,
con un saber en la espalda,
para vivir despacio, muriendo como siempre en no más de una vida,
mordiendo camino, a veces, pero siempre con noche y con sueño.

Cuando empecé temprano,
aquella vez,
perdía el cuerpo a diario, sin medir los días.
Yo lo vi desde esos años tempranos, pero no de cerca, miraba a este presente.

Al cuerpo todos escuchan hoy,
pero este polvo es un viento del destino,
una palabra que buscará las delicias de la sombra.
Nos callaremos de nuevo sobre la piedra,
en historias con relojes muertos,
no lo entendamos ahora porque hay demasiado sol sobre el día
y nos ocupan otras cosas.

Después construiremos arena a arena la sombra,
minuto a minuto, el principio.
Occidente

Una noche en las manos,
un puñado de sombre en todos los pechos

(allá vivieron, ya conocen su patria)

vivían temprano, muy temprano
a golpe de mirada los caminos,
pinturas oscuras hacían los bosques pero vivían.
Ello partía al amanecer en dos,
La lucha de un tiempo grande sobre la roca caída
hasta arrancar espíritu a los suelos.

La otra tarde golpearon canciones en esa tierra
y llenaron los oídos con una noche que
se consumía en llamas;
gritó hasta la madrugada,
luego la hicieron una pintura de sombra…
había que guardar aquellos tiempos:
memoria fatal sobre la hierba pero heroica,
desconsolada la hora en que el camino se irguió grande,
listo para marchar.
Amanecer, jamás volver.

Suave el pensamiento, músculo suave,
hasta caer los brazos,
los dioses subieron hasta la copa del bosque,
los tiempos más fuertes huyeron hasta el cielo,
crearon eternidades y sus profetas anuncian su retorno.
Pero el tiempo se quedó en la tierra,
mató los destinos y sus huellas,
la muerte cayó sobre las historias como un rayo.

Ahora,
el día se encuentra durmiendo al lado del camino,
lo encontrarán las horas de la madrugada,
despertará, sí,
pero sus ojos ya soltaron su mundo.

lunes, 28 de septiembre de 2009

La música y el paisaje



Hace unos años vi la película alemana Jenseits der Stille, dirigida por Caroline Link. El film ha sido traducido al español como Más allá del silencio o Voces del silencio, en cualquier caso me parece que es adecuado.
En una de las escenas, Martin, quien está completamente sordo, pregunta a su hija Lara, cómo es la música. Los dos están frente al cristal de la ventana mientras los copos de nieve caen sobre el paisaje.
Lara, experta en lenguaje de señas le dice que la música es como esos copos de nieve.
Ese diálogo fue para mí un descubrimiento, un encuentro, ya que hice amistad con la ficticia Lara. En realidad, mucho tiempo antes yo había relacionado la música con el paisaje. Mis canciones favoritas eran verdes, azules, colores que se convertían en campos, en lagunas y montañas.
A veces aparecían castillos, que imponentes en medio de los árboles parecían voces inmensas del bosque. Obedeciendo los versos de un poema cerraba los ojos y abría las puertas de la noche. Y poco a poco entraba a esa patria, a buscar faunos y sirenas.
La música tejía las cuerdas de esa existencia mientras que este mundo se apagaba lejos como una burbuja transparente.
Les cuento esto porque hoy, para levantar la cabeza un momento por sobre los muros del ajetreo citadino me puse los audífonos con la música de Jan Garbarek, y mientras el taxi iba de San Miguel a Surco por las serpentinas de cemento volví a ese arte casi olvidado. A una lado tenía el mar y al otro barrancos y edificios.
Pero se superponían las imágenes que me había formado de Etruria, los bosques galos del Medioevo, los eucaliptos secos de Cabana en el atardecer.
Los paisajes se hacían endebles y abrían la puerta a otras realidades, quizá más eternas que este mundo, también eterno por cierto. ¿Problemas? ¿Trabajo?
Son motas de ceniza que el viento hace viajar por el aire. Si me acompañas podemos balbucear este idioma, pero luego lo aprenderemos a hablar. Quizá la condición que pongan los dioses es que las palabras sean verdes, azules, blancas, como copos de nieve cayendo sobre los campos.

martes, 25 de agosto de 2009

Lo que no se conoce de la novedad


¿Para qué estudiar y para qué enseñar? Pues, si queremos darle un lugar a la educación podríamos decir que hacemos eso para que los sentidos alcancen un frugal deleite en los estímulos de la naturaleza. Los sentidos tienen que ser ayudados, ya sea que los eduque el intelecto o los potencie la técnica. De hecho, desde hace unas semanas ya no encuentro demasiada oposición entre naturaleza y civilización. En nuestro camino a diario surgen mundos que luego terminan para siempre sin que los hayamos visto ni pensado. Todos sabemos que la realidad tiene sus recovecos donde se esconden medidas, tamaños, formas, colores, aromas sin que nuestros incultos sentidos los atrapen. Acabo de leer un comentario de uno de los grandes maestros del siglo pasado, Walter Benjamin, el comentario se titula: Algo nuevo acerca de las flores. El texto fue publicado a finales de la década del 20, en el contexto de la crisis del 29.
Al comentar las fotografías de Karl Blossfeldt, Benjamin dice que hay un tipo de saber que hace enmudecer al que lo detenta, por ello sería respetable el silencio del investigador que sólo muestra sus grandiosas imágenes construidas a golpe de cámara. En realidad, si una cosa aumenta su tamaño cincuenta veces inmediatamente brota una abundancia de mundos visuales todos ellos muy nuevos. Lo curioso es que la novísima tecnología de los tiempos del filósofo hace mucho que pasó a la obsolescencia. Ahora existen medios tecnológicos que potencian los sentidos miles de veces, hasta hacen pisar los talones a muchos misterios de la naturaleza que antes se esfumaban de las manos. Todo ello nos avisa algo nuevo de la realidad en la que andamos todos los días. El punto estaría en el arte de dominar el lenguaje de esta fiesta, de los sueños de la alquimia por los elementos. Verdaderamente, el cuerpo no fue un error lógico en la mente divina, tampoco la razón ni el concepto.

Quien no tiene ni mapas ni caminos se guía por las estrellas

Desde el medio día

Por aquella puerta, donde habitan los fantasmas, crecemos, con un saber en la espalda, para vivir despacio, muriendo como siempre en no más ...