En los libros de historia vemos cómo pasan los imperios, los reinos, los grandes personajes de la historia universal con asombrosa rapidez. La vida de un gran monarca sólo dura unas cuantas páginas y lo que se instituyó después de una gran batalla se cuenta en párrafos y subcapítulos.
Sin embargo, en nuestro vecindario pareciera que domina la permanencia. Los cumpleaños de los vecinos, de los amigos, de la familia, todo parece repetirse infinitamente; si vamos a la escuela, a la universidad, si trabajamos, todo suele lindar con lo eterno. Naturalmente que el mundo transcurre, sí, excepto nosotros y nuestro entorno. Pero esta magia se rompe cuando nos alejamos por algún período, largo o corto. Nos encontramos, entonces, con que alguien viajó, que otro se casó, que derribaron la casa antigua de la esquina para construir un edificio y que varias personas del vecindario ya no son conocidas nuestras. En ese momento volvemos a la casa y descubrimos nuestra historicidad, nos “subimos” al transcurrir de manera involuntaria e inevitable y, sobre todo, abruptamente. En el cuento de Mircea Eliade, El burdel de las gitanas, se cuenta esa historia nuestra: un hombre sale de casa, regresa en la noche y descubre que han pasado muchos años.
No obstante, la realidad humana tiene una mayor trama que la eternidad y la experiencia del acabamiento. Ocurre que de todos los momentos de nuestra vida encontramos algunos que se nos pegan y llegan a constituirnos. Son huellas que nos siguen a todas partes y que nunca disminuyen con otras vivencias, más bien se afinan, se clarifican y fortalecen. Entonces llega otro descubrimiento, no menos trascendente, la ilusión del cambio, de la experiencia de volver un día a la casa y descubrir que han pasado muchos años. Digo ilusión porque comienzo a sospechar que hay una permanencia alrededor del cual gira todo cambio.
Por ejemplo, cuando yo vivía en provincia, en las serranías de Ancash, más precisamente en Cabana, me encontraba en una de las periferias de la civilización de artefactos. De modo que casi todo aparato con dispositivos eléctricos más que una realidad tecnológica era algo mágico. Recuerdo que me apropié (¿en calidad de préstamo?) de un radio de onda corta que mi hermano compró para su taller. Durante las primeras horas de la noche y las últimas del amanecer navegaba entre Radio Francia, la Deutsche Welle, La BBC de Londres, Radio Austria, Radio Nederland, etc. etc. La onda corta era el mundo atrapado en una caja negra de plástico con cables de colores y pilas dentro. Con ese radio mediano seguí de cerca los acontecimientos de la reunificación alemana, la integración europea a partir del tratado de Maastricht, la guerra del Golfo Pérsico, el 5 de abril de 1992 en Perú. Es decir, las cosas de Lima yo las sabía mejor vía Europa, no sólo porque la casa se ve mejor desde el frente, sino porque Cabana todavía no estaba a la vuelta de la esquina como parece estarlo ahora. Es cierto que llegaban las noticias de algunas emisoras de Lima pero, las decisiones de la capital no tenían ningún efecto, al menos no visible, en nuestro pueblo de adobe y teja, de callejas empedradas y sol claro dominical. Y por lo tanto, no eran del interés de la mayoría.
Al igual que en la capital, allá también amaba los inviernos, la neblina que cubría los techos y entraba por las ventanas mientras yo escuchaba el resumen de la prensa europea, los editoriales de Le Monde, Le Figaro, Süddeutsche Zeitung, The Telegraph, en fin, el envés de mi andino mundo de eucaliptos y cielo de copos flotando. En ese entonces sólo sabía español pero se podría decir que ya era un bilingüe cultural.
En realidad, he hecho una introducción desmedida, aunque tengo la esperanza de que sea justificada, para decir sólo unas cuantas cosas en unas cuentas líneas. Ocurre que entre los programas de la BBC de Londres sentía predilección por uno que ya no se emite, Páginas de un libro. Ahí presentaban una versión radial de varias obras clásicas del mundo inglés, entre ellas Monseñor Quijote, de Graham Greene. El padre Quijote y su escudero, un amigo suyo y ex alcalde comunista de El Toboso, Enrique Zancas, revitalizaban las constantes humanas que todos llevamos dentro: el soñador y el pragmático pesimista.
El tiempo ha transcurrido, es verdad, pero nosotros, los de entonces, sí seguimos siendo los mismos. Rocinante era un Seat 850, que el padre Quijote lo había comprado ya de segunda mano, hacía ya muchos años, pero seguía siendo el mismo Rocinante. También las máquinas han llegado a ser naturaleza y son parte de la familia animal y nuestra.
Escribo esto porque el otro día compré un ejemplar del libro cuya versión radial escuchaba con carácter de ceremonia y, ahora que leí algunas de sus páginas, mientras esperaban otros libros urgentes e importantes como la Crítica de la Razón Pura, de Kant, Verdad y Método, de Gadamer, La estructura de las revoluciones científicas de Thomas S Khun, comprendí que tal vez somos los mismos envueltos en novedad, como dice la canción de Miguel Bosé, ya que tengo las mismas emociones nuevas ante un libro sencillo pero grandioso. Monseñor Quijote me suscita las mismas andanzas, los mismos sueños porque tendré que combatir contra los mismos gigantes, y espero que ningún ser maldito los convierta en molinos.
Hoy es un día más, cambiará el aspecto del barrio, demolerán las casas para construir edificios pero la locura es patrimonio nuestro y por ello seguimos viviendo, haciendo del transcurrir lo permanente.
sábado, 28 de junio de 2008
miércoles, 25 de junio de 2008
Memorias sueltas
Creo que una de las grandes pérdidas de la modernidad ha sido el triunfo de la utilidad. Recuerdo que cuando vivía en provincia disfrutaba mucho de la vida del campo. Mis hermanos me llevaban a la chacra y me ponían de espaldas en el gras debajo de los alisos o eucaliptos y desde ahí veía cómo en el inmenso fondo azul del cielo las nubes se transformaban en aves, bueyes, árboles, campesinos trabajando. Aquello no tenía ninguna utilidad, ver o no ver aquello no determinaba la fertilidad del campo o su esterilidad, pero tenía un valor más alto que las cosas útiles. Aquel mundo campesino, con sus acequias que llevaban el agua a los maíces y a las arvejas, a las papas y al trigo, siempre me hizo sentir como polvo suyo. El campo nos hablaba con sembríos, con cosechas pero también con belleza, con la neblina húmeda durmiendo en los ríos bajos, con la tormenta del invierno sobre los techos y los truenos hundiéndose en las montañas. La vida del campo tenía su fiesta en las estaciones, en su agitación y en su calma. Cuando tenía cinco o seis años me escapaba a la chacra que quedaba detrás de mi casa precisamente después de un fuerte aguacero. A menudo las nubes grises pasaban como grandes copos y por alguna abertura del colchón de algodones del cielo entraba el sol. Entonces las gotitas de lluvia sobre el gras, esas bolitas líquidas sobre la hierba, brillaban con los rayos del sol como focos diminutos, como planetas en un universo en miniatura. Todo ello no tenía ninguna utilidad, pero como yo todavía era un niño desconocía que todo aquello carecía de un valor práctico y simplemente lo disfrutaba avaramente.
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