miércoles, 25 de junio de 2008

Memorias sueltas

Creo que una de las grandes pérdidas de la modernidad ha sido el triunfo de la utilidad. Recuerdo que cuando vivía en provincia disfrutaba mucho de la vida del campo. Mis hermanos me llevaban a la chacra y me ponían de espaldas en el gras debajo de los alisos o eucaliptos y desde ahí veía cómo en el inmenso fondo azul del cielo las nubes se transformaban en aves, bueyes, árboles, campesinos trabajando. Aquello no tenía ninguna utilidad, ver o no ver aquello no determinaba la fertilidad del campo o su esterilidad, pero tenía un valor más alto que las cosas útiles. Aquel mundo campesino, con sus acequias que llevaban el agua a los maíces y a las arvejas, a las papas y al trigo, siempre me hizo sentir como polvo suyo. El campo nos hablaba con sembríos, con cosechas pero también con belleza, con la neblina húmeda durmiendo en los ríos bajos, con la tormenta del invierno sobre los techos y los truenos hundiéndose en las montañas. La vida del campo tenía su fiesta en las estaciones, en su agitación y en su calma. Cuando tenía cinco o seis años me escapaba a la chacra que quedaba detrás de mi casa precisamente después de un fuerte aguacero. A menudo las nubes grises pasaban como grandes copos y por alguna abertura del colchón de algodones del cielo entraba el sol. Entonces las gotitas de lluvia sobre el gras, esas bolitas líquidas sobre la hierba, brillaban con los rayos del sol como focos diminutos, como planetas en un universo en miniatura. Todo ello no tenía ninguna utilidad, pero como yo todavía era un niño desconocía que todo aquello carecía de un valor práctico y simplemente lo disfrutaba avaramente.

Desde el medio día

Por aquella puerta, donde habitan los fantasmas, crecemos, con un saber en la espalda, para vivir despacio, muriendo como siempre en no más ...