
Hace unos años vi la película alemana Jenseits der Stille, dirigida por Caroline Link. El film ha sido traducido al español como Más allá del silencio o Voces del silencio, en cualquier caso me parece que es adecuado.
En una de las escenas, Martin, quien está completamente sordo, pregunta a su hija Lara, cómo es la música. Los dos están frente al cristal de la ventana mientras los copos de nieve caen sobre el paisaje.
Lara, experta en lenguaje de señas le dice que la música es como esos copos de nieve.
Ese diálogo fue para mí un descubrimiento, un encuentro, ya que hice amistad con la ficticia Lara. En realidad, mucho tiempo antes yo había relacionado la música con el paisaje. Mis canciones favoritas eran verdes, azules, colores que se convertían en campos, en lagunas y montañas.
Ese diálogo fue para mí un descubrimiento, un encuentro, ya que hice amistad con la ficticia Lara. En realidad, mucho tiempo antes yo había relacionado la música con el paisaje. Mis canciones favoritas eran verdes, azules, colores que se convertían en campos, en lagunas y montañas.
A veces aparecían castillos, que imponentes en medio de los árboles parecían voces inmensas del bosque. Obedeciendo los versos de un poema cerraba los ojos y abría las puertas de la noche. Y poco a poco entraba a esa patria, a buscar faunos y sirenas.
La música tejía las cuerdas de esa existencia mientras que este mundo se apagaba lejos como una burbuja transparente.
Les cuento esto porque hoy, para levantar la cabeza un momento por sobre los muros del ajetreo citadino me puse los audífonos con la música de Jan Garbarek, y mientras el taxi iba de San Miguel a Surco por las serpentinas de cemento volví a ese arte casi olvidado. A una lado tenía el mar y al otro barrancos y edificios.
Les cuento esto porque hoy, para levantar la cabeza un momento por sobre los muros del ajetreo citadino me puse los audífonos con la música de Jan Garbarek, y mientras el taxi iba de San Miguel a Surco por las serpentinas de cemento volví a ese arte casi olvidado. A una lado tenía el mar y al otro barrancos y edificios.
Pero se superponían las imágenes que me había formado de Etruria, los bosques galos del Medioevo, los eucaliptos secos de Cabana en el atardecer.
Los paisajes se hacían endebles y abrían la puerta a otras realidades, quizá más eternas que este mundo, también eterno por cierto. ¿Problemas? ¿Trabajo?
Son motas de ceniza que el viento hace viajar por el aire. Si me acompañas podemos balbucear este idioma, pero luego lo aprenderemos a hablar. Quizá la condición que pongan los dioses es que las palabras sean verdes, azules, blancas, como copos de nieve cayendo sobre los campos.