“El hombre moderno se mueve
llevando dentro una ingente cantidad
de indigeribles piedras de conocimiento y,
como en el cuento, puede escucharse
a veces su choque ruidoso dentro del estómago”.
Friedrich Nietzsche
La buena cocina no es sólo cuestión de ingredientes y de recetas. El buen gusto intelectual es un arte difícil, tiene que ver con las ventanas por donde entra la luz, la altura de la mesa, el momento en que se sirve en los platos, la anécdota que se cuente durante las comidas, la visita que llega tarde, justo en la mitad del almuerzo. Todo ello tiene que ver con el gusto, con la apetencia por los alimentos. Desafortunadamente, los grandiosos conocimientos de comida han producido las recetas y han matado el gusto, o mejor dicho, el buen gusto.
En la sociedad del conocimiento el saber vale por sí mismo aunque no se le comprenda. El viejo Heráclito (544 a.C. - 484 a.C.) había dicho ya que mucha erudición no enseña comprensión. Y Nietzsche había constado tempranamente el drama del hombre moderno, el orgullo justificado por su ciencia, mas no por su comprensión. Los anaqueles llenos de libros leídos son simplemente piedras que nuestras escuelas no pueden digerir. Un día un lobo devoró a los cabritos mientras su mamá se fue de compras, luego la fiera se puso a dormir con la barriga llena y, al regresar la mamá cabra, mientras el lobo dormía le abrió el estómago, sacó a sus cabritos y en su lugar puso piedras y volvió a cerrar la panza del dormilón. Cuando el lobo despertó tenía el estómago muy pesado, las piedras no eran alimento y no las podía digerir. Fue así que cayó en un pozo. Nietzsche, lector de cuentos, ve al hombre moderno como un lobo lleno de piedras de conocimiento a las que su organismo no resiste.
Nuestros sistemas educativos cada día, cada año, siguen produciendo una enorme cantidad de piedras, pesadas y filudas para los pobres estómagos que no comprenden de qué se trata tanta cosa ajena. Obviamente, el saber sigue siendo un valor, una virtud, y sería peor no tenerlo, pero recordando a Goethe, al cultivar nuestras virtudes, cultivamos también nuestros defectos. Y puesto que el barrio tal vez no guste de la buena comida, en nuestra casa, con los nuestros, sirvamos lo mejor, pongamos un refrán en la mesa, una ecuación de algún sabio, antiguo o moderno, y convirtámoslo en grato alimento, nuestro ser sensible tiene que aprender a tener hambre, debemos educarnos en la buena sazón y en el buen gusto. Buen provecho.
Serapio
jueves, 20 de marzo de 2008
Cocina y pensamiento
Desde el medio día
Por aquella puerta, donde habitan los fantasmas, crecemos, con un saber en la espalda, para vivir despacio, muriendo como siempre en no más ...