jueves, 20 de marzo de 2008

Naturaleza y ciudad


Anoche comencé a leer un cuento breve de Hermann Hesse, ilustrado por Walter Schmögner, que se titula “La ciudad” (Die Stadt). Por un momento pensé, ¡qué hubiese sido de mí de haber nacido antes que exista la ciudad, la computadora personal y la Internet! En realidad, comprendo que de Lima debo hacer mi refugio por no sé cuánto tiempo más, puesto que el campo, la naturaleza abierta, no es camino amigo para mi silla de ruedas, de la cual dependo.
Sin embargo, más allá de mi ser y condiciones, estoy seguro de que la naturaleza ha sido fascinante vista desde los pueblos más que de la ciudad. La metrópoli produce otro tipo de saber sobre los árboles y los ríos. Hoy día, después de ver un documental sobre el cambio climático, pienso que la naturaleza era mejor mientras se mostraba como misterio constante, como el objeto siempre evasivo para los grandes genios de la humanidad. Quizá en los últimos siglos lo hemos dejado de ver como poema, como patria de los faunos y las sirenas, por eso nos duele el futuro. Ahora nuestra ciencia contemporánea se ha encargado de poner las nubes y el cielo en ecuaciones, ha capturado los procesos del suelo para ponerlos en causes predecibles por las fórmulas y leyes, y más aún, las leyes del mundo ahora están puestas en la ilusión de dominio.
Y así, al matar el espíritu del suelo también hemos matado el nuestro. Ya no quedan muchos misterios en las piedras de los ríos y en las montañas cubiertas de invierno. Los mares ya no responden con vida suficiente, con aventura suficiente como para soñar más allá del horizonte, descubriendo islas lejanas. La luz del conocimiento va penetrando las arenas del las playas, los veranos, las sombras de las selvas y nos vamos quedando solos, sin mundo, sin futuro, sin nosotros.
Sin embargo, los grandes espíritus de la antigüedad han entendido este universo nuestro de manera distinta. Las filosofías milenarias han comprendido que la razón sólo puede conocer los aspectos racionalmente cognoscibles; pero hay grandes extensiones de mundo que siguen detrás de nuestros ojos. Hace falta que los sabios, los santos, los héroes y los poetas nos vuelvan a explicar el mundo. Porque detrás de lo obvio hay niveles de realidad que nuestros conceptos no pueden tomar. Hay esencias que a manera de pilares o columnas sostienen todo esto que vemos. Cuando seamos conscientes de ello nuestras ciencias tomarán la humildad que les corresponde y volveremos a creer en los pastos y en las brisas. Y como los antiguos romanos en el vuelo de las aves leeremos futuro y promesa.
Entonces quizá el tiempo se vaciará de los relojes para volverse eterno. Porque hay una realidad más allá de nuestras explicaciones, el mundo desnudo es sólo una ilusión, una fantasía un poco desafortunada. ¿De qué trata el cuento de Hesse? Mejor lo leen por su cuenta y riesgo, es muy bueno.

Serapio.

Desde el medio día

Por aquella puerta, donde habitan los fantasmas, crecemos, con un saber en la espalda, para vivir despacio, muriendo como siempre en no más ...