martes, 8 de abril de 2008

Lejanías


Yo no sé qué suena allá abajo, hay un ruido que quiere andar por el mundo. Un ruido grande, que despierte a las luces para alumbrar al cielo. Esa tarde yo lo entendí. Lo tomé en mis manos y el polvo se escurría de mis dedos. Sensible al viento, con la brisa lloraba, reía, la dirección del viento formaba su cuerpo. A veces tenía voz pequeña, ya no siempre, ya nunca, se caen las cosas sobre la arena... sin dolor el mundo. El suelo ha llorado sobre la tierra, no tiene caminantes, apenas silencio, una ausencia de destino sobre la espalda. Tendrás toda la palabra, así el cansancio se iba lejos, con la calma de la noche, sin dejar que el cuerpo pesara. En ese tiempo ya no habían hambres, sólo polvo, sólo arena, un grito solo sobre el hombre, el suelo dolía más que el dolor. Ese día marchó, llevándose todas sus sombras, de su paso nada resiste ya. Llevaremos nuestros pasos, no hemos llegado a ninguna parte, llevaremos nuestros brazos, toda obra murió temprano, nuestra garganta y su pensamiento, todo era polvo. La vida pesaba ausencia.




Tiempo

El mundo es camino grande al frente,
las palabras… pasos incompletos,
el cielo es una cosa material que se eleva por los cielos,
todos los pasos han andado ya y no se puede avanzar,
todo se ha pensado ya y no se puede decir,
-las gotas de marzo sobre las hojas,
quizá sean el respiro de Dios-,
el tiempo es cuerda firme frente a toda voluntad,
ni los segundos ni los siglos ceden un paso.

Nuestra historia debió nacer en algún lugar,
se ha perdido ese día y
ningún recuerdo la encuentra.
¿Quién nos dirá nuestro nombre?

jueves, 20 de marzo de 2008

Naturaleza y ciudad


Anoche comencé a leer un cuento breve de Hermann Hesse, ilustrado por Walter Schmögner, que se titula “La ciudad” (Die Stadt). Por un momento pensé, ¡qué hubiese sido de mí de haber nacido antes que exista la ciudad, la computadora personal y la Internet! En realidad, comprendo que de Lima debo hacer mi refugio por no sé cuánto tiempo más, puesto que el campo, la naturaleza abierta, no es camino amigo para mi silla de ruedas, de la cual dependo.
Sin embargo, más allá de mi ser y condiciones, estoy seguro de que la naturaleza ha sido fascinante vista desde los pueblos más que de la ciudad. La metrópoli produce otro tipo de saber sobre los árboles y los ríos. Hoy día, después de ver un documental sobre el cambio climático, pienso que la naturaleza era mejor mientras se mostraba como misterio constante, como el objeto siempre evasivo para los grandes genios de la humanidad. Quizá en los últimos siglos lo hemos dejado de ver como poema, como patria de los faunos y las sirenas, por eso nos duele el futuro. Ahora nuestra ciencia contemporánea se ha encargado de poner las nubes y el cielo en ecuaciones, ha capturado los procesos del suelo para ponerlos en causes predecibles por las fórmulas y leyes, y más aún, las leyes del mundo ahora están puestas en la ilusión de dominio.
Y así, al matar el espíritu del suelo también hemos matado el nuestro. Ya no quedan muchos misterios en las piedras de los ríos y en las montañas cubiertas de invierno. Los mares ya no responden con vida suficiente, con aventura suficiente como para soñar más allá del horizonte, descubriendo islas lejanas. La luz del conocimiento va penetrando las arenas del las playas, los veranos, las sombras de las selvas y nos vamos quedando solos, sin mundo, sin futuro, sin nosotros.
Sin embargo, los grandes espíritus de la antigüedad han entendido este universo nuestro de manera distinta. Las filosofías milenarias han comprendido que la razón sólo puede conocer los aspectos racionalmente cognoscibles; pero hay grandes extensiones de mundo que siguen detrás de nuestros ojos. Hace falta que los sabios, los santos, los héroes y los poetas nos vuelvan a explicar el mundo. Porque detrás de lo obvio hay niveles de realidad que nuestros conceptos no pueden tomar. Hay esencias que a manera de pilares o columnas sostienen todo esto que vemos. Cuando seamos conscientes de ello nuestras ciencias tomarán la humildad que les corresponde y volveremos a creer en los pastos y en las brisas. Y como los antiguos romanos en el vuelo de las aves leeremos futuro y promesa.
Entonces quizá el tiempo se vaciará de los relojes para volverse eterno. Porque hay una realidad más allá de nuestras explicaciones, el mundo desnudo es sólo una ilusión, una fantasía un poco desafortunada. ¿De qué trata el cuento de Hesse? Mejor lo leen por su cuenta y riesgo, es muy bueno.

Serapio.

Cocina y pensamiento

“El hombre moderno se mueve
llevando dentro una ingente cantidad
de indigeribles piedras de conocimiento y,
como en el cuento, puede escucharse
a veces su choque ruidoso dentro del estómago”.

Friedrich Nietzsche

La buena cocina no es sólo cuestión de ingredientes y de recetas. El buen gusto intelectual es un arte difícil, tiene que ver con las ventanas por donde entra la luz, la altura de la mesa, el momento en que se sirve en los platos, la anécdota que se cuente durante las comidas, la visita que llega tarde, justo en la mitad del almuerzo. Todo ello tiene que ver con el gusto, con la apetencia por los alimentos. Desafortunadamente, los grandiosos conocimientos de comida han producido las recetas y han matado el gusto, o mejor dicho, el buen gusto.
En la sociedad del conocimiento el saber vale por sí mismo aunque no se le comprenda. El viejo Heráclito (544 a.C. - 484 a.C.) había dicho ya que mucha erudición no enseña comprensión. Y Nietzsche había constado tempranamente el drama del hombre moderno, el orgullo justificado por su ciencia, mas no por su comprensión. Los anaqueles llenos de libros leídos son simplemente piedras que nuestras escuelas no pueden digerir. Un día un lobo devoró a los cabritos mientras su mamá se fue de compras, luego la fiera se puso a dormir con la barriga llena y, al regresar la mamá cabra, mientras el lobo dormía le abrió el estómago, sacó a sus cabritos y en su lugar puso piedras y volvió a cerrar la panza del dormilón. Cuando el lobo despertó tenía el estómago muy pesado, las piedras no eran alimento y no las podía digerir. Fue así que cayó en un pozo. Nietzsche, lector de cuentos, ve al hombre moderno como un lobo lleno de piedras de conocimiento a las que su organismo no resiste.
Nuestros sistemas educativos cada día, cada año, siguen produciendo una enorme cantidad de piedras, pesadas y filudas para los pobres estómagos que no comprenden de qué se trata tanta cosa ajena. Obviamente, el saber sigue siendo un valor, una virtud, y sería peor no tenerlo, pero recordando a Goethe, al cultivar nuestras virtudes, cultivamos también nuestros defectos. Y puesto que el barrio tal vez no guste de la buena comida, en nuestra casa, con los nuestros, sirvamos lo mejor, pongamos un refrán en la mesa, una ecuación de algún sabio, antiguo o moderno, y convirtámoslo en grato alimento, nuestro ser sensible tiene que aprender a tener hambre, debemos educarnos en la buena sazón y en el buen gusto. Buen provecho.

Serapio

Serapio

Desde el medio día

Por aquella puerta, donde habitan los fantasmas, crecemos, con un saber en la espalda, para vivir despacio, muriendo como siempre en no más ...