sábado, 5 de julio de 2008

La historia del invierno


Cuando hablamos del espíritu a veces nos olvidamos de la tierra, pues no tenemos presente que el suelo y el polvo también constituyen nuestra alma. El sentimiento melancólico y la alegría de los cambios en el clima no son simplemente estaciones, períodos del tiempo o simplemente un calendario colorido en la pared. Si viéramos así de rutinarias las cosas, el verano y el invierno serían solamente calor y frío, y no se constituirían en ninguna ceremonia dentro de nosotros. El ser indiferentes a los cambios del clima es una de las formas más seguras de perder el mundo.
Es por ello que debemos volver a ser fieles a los sentidos, a percibir toda la intimidad de la neblina y el frío. Me remito a un hecho de gran importancia: una taza de café, que es uno de los grandes milagros que trae el invierno. El café o una manzanilla frente al televisor, a la Internet o a cualquier material de lectura cobran toda la magnificencia del pensamiento sensorial. Pocas veces nos hemos puesto a pensar en el impacto que tiene la lluvia y la ciudad húmeda en nuestro espíritu. Un cuento, una historia de los abuelos en una tarde invernal, con neblina frente a la ventana, nos brindará una sabiduría imposible de obtenerla en otra estación.

sábado, 28 de junio de 2008

¿Somos los mismos envueltos en novedad?

En los libros de historia vemos cómo pasan los imperios, los reinos, los grandes personajes de la historia universal con asombrosa rapidez. La vida de un gran monarca sólo dura unas cuantas páginas y lo que se instituyó después de una gran batalla se cuenta en párrafos y subcapítulos.
Sin embargo, en nuestro vecindario pareciera que domina la permanencia. Los cumpleaños de los vecinos, de los amigos, de la familia, todo parece repetirse infinitamente; si vamos a la escuela, a la universidad, si trabajamos, todo suele lindar con lo eterno. Naturalmente que el mundo transcurre, sí, excepto nosotros y nuestro entorno. Pero esta magia se rompe cuando nos alejamos por algún período, largo o corto. Nos encontramos, entonces, con que alguien viajó, que otro se casó, que derribaron la casa antigua de la esquina para construir un edificio y que varias personas del vecindario ya no son conocidas nuestras. En ese momento volvemos a la casa y descubrimos nuestra historicidad, nos “subimos” al transcurrir de manera involuntaria e inevitable y, sobre todo, abruptamente. En el cuento de Mircea Eliade, El burdel de las gitanas, se cuenta esa historia nuestra: un hombre sale de casa, regresa en la noche y descubre que han pasado muchos años.
No obstante, la realidad humana tiene una mayor trama que la eternidad y la experiencia del acabamiento. Ocurre que de todos los momentos de nuestra vida encontramos algunos que se nos pegan y llegan a constituirnos. Son huellas que nos siguen a todas partes y que nunca disminuyen con otras vivencias, más bien se afinan, se clarifican y fortalecen. Entonces llega otro descubrimiento, no menos trascendente, la ilusión del cambio, de la experiencia de volver un día a la casa y descubrir que han pasado muchos años. Digo ilusión porque comienzo a sospechar que hay una permanencia alrededor del cual gira todo cambio.
Por ejemplo, cuando yo vivía en provincia, en las serranías de Ancash, más precisamente en Cabana, me encontraba en una de las periferias de la civilización de artefactos. De modo que casi todo aparato con dispositivos eléctricos más que una realidad tecnológica era algo mágico. Recuerdo que me apropié (¿en calidad de préstamo?) de un radio de onda corta que mi hermano compró para su taller. Durante las primeras horas de la noche y las últimas del amanecer navegaba entre Radio Francia, la Deutsche Welle, La BBC de Londres, Radio Austria, Radio Nederland, etc. etc. La onda corta era el mundo atrapado en una caja negra de plástico con cables de colores y pilas dentro. Con ese radio mediano seguí de cerca los acontecimientos de la reunificación alemana, la integración europea a partir del tratado de Maastricht, la guerra del Golfo Pérsico, el 5 de abril de 1992 en Perú. Es decir, las cosas de Lima yo las sabía mejor vía Europa, no sólo porque la casa se ve mejor desde el frente, sino porque Cabana todavía no estaba a la vuelta de la esquina como parece estarlo ahora. Es cierto que llegaban las noticias de algunas emisoras de Lima pero, las decisiones de la capital no tenían ningún efecto, al menos no visible, en nuestro pueblo de adobe y teja, de callejas empedradas y sol claro dominical. Y por lo tanto, no eran del interés de la mayoría.
Al igual que en la capital, allá también amaba los inviernos, la neblina que cubría los techos y entraba por las ventanas mientras yo escuchaba el resumen de la prensa europea, los editoriales de Le Monde, Le Figaro, Süddeutsche Zeitung, The Telegraph, en fin, el envés de mi andino mundo de eucaliptos y cielo de copos flotando. En ese entonces sólo sabía español pero se podría decir que ya era un bilingüe cultural.
En realidad, he hecho una introducción desmedida, aunque tengo la esperanza de que sea justificada, para decir sólo unas cuantas cosas en unas cuentas líneas. Ocurre que entre los programas de la BBC de Londres sentía predilección por uno que ya no se emite, Páginas de un libro. Ahí presentaban una versión radial de varias obras clásicas del mundo inglés, entre ellas Monseñor Quijote, de Graham Greene. El padre Quijote y su escudero, un amigo suyo y ex alcalde comunista de El Toboso, Enrique Zancas, revitalizaban las constantes humanas que todos llevamos dentro: el soñador y el pragmático pesimista.
El tiempo ha transcurrido, es verdad, pero nosotros, los de entonces, sí seguimos siendo los mismos. Rocinante era un Seat 850, que el padre Quijote lo había comprado ya de segunda mano, hacía ya muchos años, pero seguía siendo el mismo Rocinante. También las máquinas han llegado a ser naturaleza y son parte de la familia animal y nuestra.
Escribo esto porque el otro día compré un ejemplar del libro cuya versión radial escuchaba con carácter de ceremonia y, ahora que leí algunas de sus páginas, mientras esperaban otros libros urgentes e importantes como la Crítica de la Razón Pura, de Kant, Verdad y Método, de Gadamer, La estructura de las revoluciones científicas de Thomas S Khun, comprendí que tal vez somos los mismos envueltos en novedad, como dice la canción de Miguel Bosé, ya que tengo las mismas emociones nuevas ante un libro sencillo pero grandioso. Monseñor Quijote me suscita las mismas andanzas, los mismos sueños porque tendré que combatir contra los mismos gigantes, y espero que ningún ser maldito los convierta en molinos.
Hoy es un día más, cambiará el aspecto del barrio, demolerán las casas para construir edificios pero la locura es patrimonio nuestro y por ello seguimos viviendo, haciendo del transcurrir lo permanente.

miércoles, 25 de junio de 2008

Memorias sueltas

Creo que una de las grandes pérdidas de la modernidad ha sido el triunfo de la utilidad. Recuerdo que cuando vivía en provincia disfrutaba mucho de la vida del campo. Mis hermanos me llevaban a la chacra y me ponían de espaldas en el gras debajo de los alisos o eucaliptos y desde ahí veía cómo en el inmenso fondo azul del cielo las nubes se transformaban en aves, bueyes, árboles, campesinos trabajando. Aquello no tenía ninguna utilidad, ver o no ver aquello no determinaba la fertilidad del campo o su esterilidad, pero tenía un valor más alto que las cosas útiles. Aquel mundo campesino, con sus acequias que llevaban el agua a los maíces y a las arvejas, a las papas y al trigo, siempre me hizo sentir como polvo suyo. El campo nos hablaba con sembríos, con cosechas pero también con belleza, con la neblina húmeda durmiendo en los ríos bajos, con la tormenta del invierno sobre los techos y los truenos hundiéndose en las montañas. La vida del campo tenía su fiesta en las estaciones, en su agitación y en su calma. Cuando tenía cinco o seis años me escapaba a la chacra que quedaba detrás de mi casa precisamente después de un fuerte aguacero. A menudo las nubes grises pasaban como grandes copos y por alguna abertura del colchón de algodones del cielo entraba el sol. Entonces las gotitas de lluvia sobre el gras, esas bolitas líquidas sobre la hierba, brillaban con los rayos del sol como focos diminutos, como planetas en un universo en miniatura. Todo ello no tenía ninguna utilidad, pero como yo todavía era un niño desconocía que todo aquello carecía de un valor práctico y simplemente lo disfrutaba avaramente.

martes, 8 de abril de 2008

Lejanías


Yo no sé qué suena allá abajo, hay un ruido que quiere andar por el mundo. Un ruido grande, que despierte a las luces para alumbrar al cielo. Esa tarde yo lo entendí. Lo tomé en mis manos y el polvo se escurría de mis dedos. Sensible al viento, con la brisa lloraba, reía, la dirección del viento formaba su cuerpo. A veces tenía voz pequeña, ya no siempre, ya nunca, se caen las cosas sobre la arena... sin dolor el mundo. El suelo ha llorado sobre la tierra, no tiene caminantes, apenas silencio, una ausencia de destino sobre la espalda. Tendrás toda la palabra, así el cansancio se iba lejos, con la calma de la noche, sin dejar que el cuerpo pesara. En ese tiempo ya no habían hambres, sólo polvo, sólo arena, un grito solo sobre el hombre, el suelo dolía más que el dolor. Ese día marchó, llevándose todas sus sombras, de su paso nada resiste ya. Llevaremos nuestros pasos, no hemos llegado a ninguna parte, llevaremos nuestros brazos, toda obra murió temprano, nuestra garganta y su pensamiento, todo era polvo. La vida pesaba ausencia.




Tiempo

El mundo es camino grande al frente,
las palabras… pasos incompletos,
el cielo es una cosa material que se eleva por los cielos,
todos los pasos han andado ya y no se puede avanzar,
todo se ha pensado ya y no se puede decir,
-las gotas de marzo sobre las hojas,
quizá sean el respiro de Dios-,
el tiempo es cuerda firme frente a toda voluntad,
ni los segundos ni los siglos ceden un paso.

Nuestra historia debió nacer en algún lugar,
se ha perdido ese día y
ningún recuerdo la encuentra.
¿Quién nos dirá nuestro nombre?

jueves, 20 de marzo de 2008

Naturaleza y ciudad


Anoche comencé a leer un cuento breve de Hermann Hesse, ilustrado por Walter Schmögner, que se titula “La ciudad” (Die Stadt). Por un momento pensé, ¡qué hubiese sido de mí de haber nacido antes que exista la ciudad, la computadora personal y la Internet! En realidad, comprendo que de Lima debo hacer mi refugio por no sé cuánto tiempo más, puesto que el campo, la naturaleza abierta, no es camino amigo para mi silla de ruedas, de la cual dependo.
Sin embargo, más allá de mi ser y condiciones, estoy seguro de que la naturaleza ha sido fascinante vista desde los pueblos más que de la ciudad. La metrópoli produce otro tipo de saber sobre los árboles y los ríos. Hoy día, después de ver un documental sobre el cambio climático, pienso que la naturaleza era mejor mientras se mostraba como misterio constante, como el objeto siempre evasivo para los grandes genios de la humanidad. Quizá en los últimos siglos lo hemos dejado de ver como poema, como patria de los faunos y las sirenas, por eso nos duele el futuro. Ahora nuestra ciencia contemporánea se ha encargado de poner las nubes y el cielo en ecuaciones, ha capturado los procesos del suelo para ponerlos en causes predecibles por las fórmulas y leyes, y más aún, las leyes del mundo ahora están puestas en la ilusión de dominio.
Y así, al matar el espíritu del suelo también hemos matado el nuestro. Ya no quedan muchos misterios en las piedras de los ríos y en las montañas cubiertas de invierno. Los mares ya no responden con vida suficiente, con aventura suficiente como para soñar más allá del horizonte, descubriendo islas lejanas. La luz del conocimiento va penetrando las arenas del las playas, los veranos, las sombras de las selvas y nos vamos quedando solos, sin mundo, sin futuro, sin nosotros.
Sin embargo, los grandes espíritus de la antigüedad han entendido este universo nuestro de manera distinta. Las filosofías milenarias han comprendido que la razón sólo puede conocer los aspectos racionalmente cognoscibles; pero hay grandes extensiones de mundo que siguen detrás de nuestros ojos. Hace falta que los sabios, los santos, los héroes y los poetas nos vuelvan a explicar el mundo. Porque detrás de lo obvio hay niveles de realidad que nuestros conceptos no pueden tomar. Hay esencias que a manera de pilares o columnas sostienen todo esto que vemos. Cuando seamos conscientes de ello nuestras ciencias tomarán la humildad que les corresponde y volveremos a creer en los pastos y en las brisas. Y como los antiguos romanos en el vuelo de las aves leeremos futuro y promesa.
Entonces quizá el tiempo se vaciará de los relojes para volverse eterno. Porque hay una realidad más allá de nuestras explicaciones, el mundo desnudo es sólo una ilusión, una fantasía un poco desafortunada. ¿De qué trata el cuento de Hesse? Mejor lo leen por su cuenta y riesgo, es muy bueno.

Serapio.

Cocina y pensamiento

“El hombre moderno se mueve
llevando dentro una ingente cantidad
de indigeribles piedras de conocimiento y,
como en el cuento, puede escucharse
a veces su choque ruidoso dentro del estómago”.

Friedrich Nietzsche

La buena cocina no es sólo cuestión de ingredientes y de recetas. El buen gusto intelectual es un arte difícil, tiene que ver con las ventanas por donde entra la luz, la altura de la mesa, el momento en que se sirve en los platos, la anécdota que se cuente durante las comidas, la visita que llega tarde, justo en la mitad del almuerzo. Todo ello tiene que ver con el gusto, con la apetencia por los alimentos. Desafortunadamente, los grandiosos conocimientos de comida han producido las recetas y han matado el gusto, o mejor dicho, el buen gusto.
En la sociedad del conocimiento el saber vale por sí mismo aunque no se le comprenda. El viejo Heráclito (544 a.C. - 484 a.C.) había dicho ya que mucha erudición no enseña comprensión. Y Nietzsche había constado tempranamente el drama del hombre moderno, el orgullo justificado por su ciencia, mas no por su comprensión. Los anaqueles llenos de libros leídos son simplemente piedras que nuestras escuelas no pueden digerir. Un día un lobo devoró a los cabritos mientras su mamá se fue de compras, luego la fiera se puso a dormir con la barriga llena y, al regresar la mamá cabra, mientras el lobo dormía le abrió el estómago, sacó a sus cabritos y en su lugar puso piedras y volvió a cerrar la panza del dormilón. Cuando el lobo despertó tenía el estómago muy pesado, las piedras no eran alimento y no las podía digerir. Fue así que cayó en un pozo. Nietzsche, lector de cuentos, ve al hombre moderno como un lobo lleno de piedras de conocimiento a las que su organismo no resiste.
Nuestros sistemas educativos cada día, cada año, siguen produciendo una enorme cantidad de piedras, pesadas y filudas para los pobres estómagos que no comprenden de qué se trata tanta cosa ajena. Obviamente, el saber sigue siendo un valor, una virtud, y sería peor no tenerlo, pero recordando a Goethe, al cultivar nuestras virtudes, cultivamos también nuestros defectos. Y puesto que el barrio tal vez no guste de la buena comida, en nuestra casa, con los nuestros, sirvamos lo mejor, pongamos un refrán en la mesa, una ecuación de algún sabio, antiguo o moderno, y convirtámoslo en grato alimento, nuestro ser sensible tiene que aprender a tener hambre, debemos educarnos en la buena sazón y en el buen gusto. Buen provecho.

Serapio

Serapio

Desde el medio día

Por aquella puerta, donde habitan los fantasmas, crecemos, con un saber en la espalda, para vivir despacio, muriendo como siempre en no más ...